En el marco de la 138° Exposición Rural de Buenos Aires, el exsubsecretario de Ganadería Rodrigo Troncoso, el economista Roberto Bisang y el CEO y cofundador de Cattler Ignacio Albornoz debatieron, en un panel moderado por Federico Mayer (cofundador de Club AgTech), sobre el impacto real de la inteligencia artificial en el campo. La conclusión que atravesó toda la charla: la Argentina tiene delante una oportunidad histórica, pero solo la va a capitalizar quien deje de gestionar a ciegas.
Hay una frase que circuló durante generaciones en el campo argentino: "la ganadería es el negocio del futuro… y siempre lo va a ser". Ese chiste amargo, que atraviesa generaciones de productores, empieza a perder sentido. Según el diagnóstico compartido en el panel, la ganadería argentina está frente a una ventana de oportunidad que combina dos fenómenos que rara vez coinciden: un contexto de mercado favorable y una revolución tecnológica que finalmente llegó al corral.
Los tres coincidieron en un punto de partida: la tecnología dejó de ser una promesa lejana y ya funciona, todos los días, como el factor que separa a quien gestiona con datos de quien sigue operando a ciegas.
Bisang fue el encargado de poner el fenómeno en contexto macro. Para el economista, el escenario actual —apertura de mercados como China, liberación de restricciones internas y una demanda internacional que empuja precios— generó lo que definió como "una jauría de inversiones" hacia el sector. Pero advirtió que esa ventana tiene fecha de vencimiento: "Tenemos un gap de tiempo para hacer la reconversión profunda de la estructura productiva", antes de que aparezcan nuevos jugadores globales o cambien las condiciones internacionales.
Troncoso coincidió en el diagnóstico, aunque con matices. Para el exfuncionario, la tecnología no va a nivelar la cancha: va a ampliarla. "Todos estos cambios van a revolucionar a las empresas que ya están abiertas y tienen la apertura para adoptar estas tecnologías", sostuvo, al tiempo que anticipó que la brecha entre los productores eficientes y los que no lo son se va a profundizar, no a achicarse.
Si hay una idea que atravesó toda la conversación, fue esta: durante décadas, la ganadería argentina funcionó bajo la lógica del promedio. Se compraba hacienda "al bulto", con un precio único que no distinguía calidades reales. Troncoso lo explicó con crudeza: "Cuando yo promedio cuánto estoy pagando un animal, significa que a alguien lo estoy castigando y a alguien lo estoy premiando de más".
Ese sistema, sostuvo, empieza a desarmarse a medida que la digitalización permite medir la calidad real de cada animal y trazar su historia productiva. El resultado es un mercado más justo, pero también más exigente: el que no mide, pierde margen sin saberlo.
Albornoz retomó esa idea desde la práctica cotidiana de Cattler y la llevó a un terreno muy concreto. Contó el caso de un feedlot de 18.000 cabezas en el interior de Buenos Aires que, a los pocos meses de empezar a monitorear los datos, descubrió que estaba perdiendo el 3% en la comercialización por trabajar con supuestos que no eran ciertos. "El tipo dijo: no vendo más a kilo vivo porque me acabo de dar cuenta que me estaban comiendo siempre el 3%", relató. Multiplicado por la escala del negocio, ese descubrimiento —invisible hasta ese momento— representó una diferencia de rentabilidad que ningún libro contable teórico había podido mostrar.
El mismo patrón se repite con el análisis de consumos en corrales con y sin barro. Albornoz explicó que comparar en tiempo real un lote en una loma con los animales en zona de confort con otro en el que los animales pasan gran tiempo en el barro, permite tomar decisiones de inversión —como el movimiento de suelo— con un respaldo que antes solo existía en la teoría. Así describió el clic que se produce en el productor apenas accede a ese dato: "Ahora sí veo el cheque que estoy perdiendo, antes no lo veía".
Uno de los ejes del debate fue explicar por qué la digitalización, que durante años fue vista como una barrera burocrática en el campo, hoy se adopta con naturalidad. Albornoz lo graficó con la masificación de WhatsApp en Latinoamérica: "Hoy es mucho más fácil que fluya información al sistema digital que por el papel. Es más un tema de querer que de saber".
Según explicó, la irrupción del celular y las aplicaciones móviles —frente a la computadora de escritorio de hace una década— produjo lo que llamó "un salto copernicano" en la facilidad de adopción. El costo cayó, el acceso se amplió y hoy la barrera ya no es tecnológica: es cultural y organizacional. "El cuello de botella todavía es la parte blanda cultural", coincidió al ser consultado por Mayer sobre si faltaba paquete tecnológico o si el problema era de mentalidad.
Bisang aportó un matiz clave sobre ese punto: la tecnología, dijo, no es neutral en términos de quién se beneficia primero. "Lamentablemente para mí, es muchísimo más accesible para los jóvenes, porque manejan un lenguaje y un conjunto de códigos de comunicación propios de esa etapa generacional", señaló, anticipando un recambio generacional dentro de las propias estructuras productivas.
El panel dio un giro conceptual cuando Bisang planteó una idea que promete marcar la agenda de los próximos años: la información dejó de ser un subproducto de la operación para convertirse en un activo con valor propio, al punto de empezar a generar disputas sobre su propiedad. "Si la información tiene valor, atrae el derecho de propiedad de la información", advirtió, señalando que ya hay empresas agroindustriales líderes que monetizan sus bases de datos como un negocio paralelo a la producción de carne.
Esa idea conecta directamente con otro concepto que atravesó la charla: los intangibles. Citando un dato del especialista en comercio Marcelo Elizondo —que el 70% del valor del comercio mundial hoy son intangibles—, Mayer indagó sobre cuánto de eso ya está llegando a la ganadería argentina. Troncoso fue contundente: la no deforestación, la trazabilidad y el cuidado ambiental dejaron de ser un diferencial de marca para convertirse en un requisito de acceso al mercado. "O juego o quedo afuera, pero puedo quedar afuera de un lugar del que no puedo quedar afuera, porque ya mi matriz productiva depende de eso", graficó, en referencia a los ocho años consecutivos de exportación de entre el 27% y el 30% de la producción nacional.
Consultado por Mayer sobre en qué etapa está la ganadería frente a la inteligencia artificial aplicada al sector, Albornoz no dudó: "Estamos en pañales". Su argumento es tan simple como estructural: antes de correr modelos predictivos avanzados, el sector todavía está resolviendo un problema más básico, el de la digitalización primaria de los datos. "Todavía estamos peleando el partido de los datos: que sean digitales, que haya balanzas", explicó.
Pero encuadró esa etapa temprana como la mejor noticia posible para la Argentina. "El incentivo es mucho mayor si estás lejos de la frontera tecnológica que si ya estás en ella", planteó, sugiriendo que el margen de mejora —y por lo tanto el retorno de cada paso digital— es hoy mucho más alto acá que en mercados ya maduros. Además, subrayó que la IA no se limita a correr estadística compleja: también sirve para recolectar mejor información, de forma más simple, lo que acelera el propio proceso de digitalización que el sector todavía tiene pendiente.
Bisang cerró esa idea con una anécdota que sintetizó todo el panel: la de un frigorífico que, sin usar nunca la palabra "inteligencia artificial", terminó construyendo un modelo de simulación para optimizar la integración de cortes de la media res y sostener contratos de producción a largo plazo pese a la volatilidad del precio del ternero. "Esas métricas, esos comportamientos, ya están casi incorporados. Simplemente es necesario encontrarlos", señaló Bisang. La tecnología, en otras palabras, ya no es un lujo de laboratorio: es una herramienta que muchos productores usan sin nombrarla.